texto preparado y autorizado por Fernando Buitrago

Una comparación que indigna y pone en evidencia el despilfarro de fondos públicos.
Por un lado, una composición escultórica de gran envergadura: un caballo gigante montado por la estatua de Gregorio Luperón, acompañado de cinco bustos de héroes de la Restauración —José Antonio “Pepillo” Salcedo, Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel, Santiago Rodríguez y Ulises Espaillat—. Cada busto mide 3.9 pies de altura sobre su base. Una obra compleja, de notable volumen y detalle histórico.
Costo total: RD$3,000,000 (tres millones de pesos).
Por el otro, la llamada Cruz de Mendoza: una estructura simple que sostiene dos manos de aproximadamente un pie, con una pequeña cruz en el centro. Una pieza de diseño minimalista, de dimensiones modestas y sin la complejidad escultórica del monumento anterior.
Costo total: RD$3,400,000 (tres millones cuatrocientos mil pesos).
La diferencia es tan absurda como escandalosa. Cuatrocientos mil pesos más por una obra infinitamente más sencilla. Mientras el monumento a los restauradores incluye un caballo de gran tamaño, una estatua ecuestre y cinco bustos elaborados, la cruz se reduce a un soporte básico con dos manos y un símbolo reducido.
Esta comparación no es solo de precios. Es un llamado de atención sobre la transparencia en el uso de recursos públicos, la valoración real de las obras y la lógica (o la falta de ella) con la que se adjudican contratos. ¿Cómo se justifica que una estructura tan simple supere en costo a un conjunto escultórico de mayor escala y complejidad artística e histórica?
Solo por esto, el PEPCA debe investigar. Debe mudarse temporalmente a Santo Domingo Este, abrir expediente de oficio y exigir cuentas claras. El pueblo no puede seguir aceptando que se gasten más de tres millones y medio de pesos en una pieza tan básica sin que nadie rinda explicación.
Hasta ahora no se conocen reacciones de la Iglesia Católica, ni de los regidores, ni de ninguna otra autoridad que haya reclamado este evidente despilfarro. Tampoco se conoce a quién le adjudicaron esa obra, ni cómo se adjudicó, ni los detalles técnicos o presupuestarios que justifiquen un costo tan elevado. El silencio es casi tan escandaloso como el precio mismo.
La Cruz de Mendoza no solo es una estructura. Se ha convertido, por su precio y por la opacidad que la rodea, en un símbolo de lo que no debería ocurrir con el dinero de todos.







